¿Límite de extranjeros en el fútbol argentino? La historia del equipo de Primera que se reforzó con “17 paraguayos” en una sola temporada :: Olé


La lupa, de repente, se posó sobre un caliente escritorio. Después del último mano a mano por la Copa Argentina en el Kempes cordobés, Vélez y Boca todavía se cuentan las costillas con zoom. ¿Error de cálculo? ¿Reparos administrativos? ¿Mala voluntad? ¿Las cosas como son? ¿Se gana y se pierde en la cancha? Todos parecen decir la verdad, su verdad; todos parecen -a su vez- estar equivocados. Y, ante la duda, a reclamar que se acaba el mundo. El que no llora no mama, como jura Cambalache. Que cuantos extranjeros tenés, que cuantos nacionalizados son, que cuantos firmaron planilla, que cuantos jugaron, que qué dice el reglamento, y Agremiados, y el Tribunal de Disciplina de AFA… Uff. Festival de papeles (flojos y de los buenos), de DNI’s y de pasaportes. Festival de especulaciones que, allá lejos y hace tiempo, no sucedían en nuestro football…
Habrá que ensuciarse los dedos y volver a los archivos para encontrar una bizarreada semejante a la hora de pensar en el accionar de jugadores nacidos fuera del país. A favor de la rareza, las normas no prohibían -para nada-, en el comienzo del Profesionalismo, la masiva presencia de foráneos. Por eso, en una lógica del ‘vale todo’ dentro del Mercado de Pases color sepia, puede recordarse que hace mil años (o no tanto, ‘apenas’ 94), hubo por estos pagos una situación aún inigualable…
Rojaijú, Bohemio, rojaijú
En la porteña Villa Crespo, allá por fines de 1931, mientras Chacarita celebraba su flamante séptimo puesto -solo por detrás de Los Cinco Grandes y Estudiantes-, su vecino Atlanta acababa bien último aunque sin el fantasma del descenso persiguiéndolo por el barrio: el sistema de altas y bajas recién reaparecería seis años más tarde.
Por eso, para 1932, había que sacudir el avispero para -al menos- no volver a quedar a la sombra del Funebrero. Pero la historia empezó picante: en su debut cayó 5-2 ante Boca en el Viejo Gasómetro de Avenida La Plata y la CD del Bohemio decidió borrar a todo el plantel. Sin embargo, al toque, debieron cambiar la medida disciplinaria por la presión de su gente. Eso sí, lo que no se modificó fue su suerte: cuatro partidos, cuatro derrotas.
Había que hacer algo de manera urgente y al presidente Antonio Sturla se le ocurrió traer a cinco rosarinos que no rompieron el molde. El equipo siguió en caída libre hasta que, en mayo, apareció una oportunidad de mercado.
En el Noreste argentino se percibía el irremediable olor a pólvora. Del otro lado de la frontera, la situación se percibía insostenible y el fútbol había quedado claramente en segundo plano. En octubre del 31, el avance de las tropas bolivianas provocó la reacción de varios movimientos sociales que exigían la defensa del territorio guaraní. Muchos estudiantes fueron reprimidos y heridos de muerte. Muchas actividades, como la pelotita, quedaron postergadas (el torneo de esa temporada duró casi un año y medio y tuvo a Olimpia como campeón) hasta 1935. El presidente José Patricio Guggiari poco pudo hacer para evitar entonces La Guerra del Chaco y a sus defensores. Así las cosas, muchos futbolistas -aún amateurs- decidieron dejar su país para huir del conflicto bélico o para ganarse el mango en otros rumbos. O ambas cosas.
Cuenta la leyenda que Pedro Martínez, el famoso half de Huracán y de la Selección, que vivió en el NEA y volvió a Capital para dirigir a Atlanta, avispó a su dirigencia y desde la calle Humboldt salieron a la búsqueda de esos players de sueño varado que pretendían un futuro mejor. Con varios asteriscos comenzaba a tomar forma El Equipo de los Paraguayos. Y sí, en el pack original venían… ¡17!
Uruguayos no, paraguayos sí
Mirar hacia afuera -y no solo al fútbol de cabotaje- siempre fue una opción para Atlanta. “En el primer año del Profesionalismo, los directivos ya habían querido traer a uruguayos campeones olímpicos y, después, a jugadores mundialistas. Eso se frustró y, en 1932, arrancaron sin suerte con rosarinos hasta que surgió la idea de traer con un grupo entero de paraguayos desde su país más algunos que ya estaban jugando en Misiones. No consta en actas ni en las Memorias y Balances del club cómo ni quiénes los acercó. Pero lo cierto es que fueron los primeros con esa nacionalidad en llegar a la institución e hicieron incluso una pretemporada en Merlo para ponerse físicamente a tono…”, le cuenta Edgardo Imas a Olé, destacado historiador del Bohemio y miembro del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol.
“En aquel momento se podían traer jugadores hasta el inicio de la segunda rueda. Fue un pésimo negocio de Sturla y Atlanta batió, además, el récord de jugadores en la temporada con 60 futbolistas -9 de ellos, arqueros- utilizados en 34 partidos”, acotó. Ni Fabrizio Romano ni Gianluca Di Marzio ni Transfermarkt estaban vivos ni online para dar cuenta de semejente movida.
Llegaron un 6 de junio después de casi una semana de viaje y, un día más tarde, registraron su pase. Allí, cuando hicieron el unboxing, se encontraron con un par de particularidades. “El mismo día que llegaron, uno de los jugadores cambió Atlanta por Boca. Fue el defensor internacional Romildo Etcheverry. Cuando su compatriota Delfín Benítez Cáceres fue a saludar al contingente, se sorprendió de ver al mundialista en Uruguay 1930. Boca buscaba un back y el Machetero se llevó a Etcheverry a la sede de la Avenida Almirante Brown a firmar contrato con el club de la Ribera”, cuenta el periodista e investigador Carlos Aira en su obra Héroes en Tiempos Infames. O sea, ya no eran 17 paraguayos: quedaban 16. Y algo más: de los 16 restantes, algunos eran ‘falsos’. En criollo, se trataba de misioneros, oriundos de Posadas, que aprovecharon la volada disfrazados de guaraníes para aprovechar la chance en Buenos Aires.
El 12 de junio de 1932, por la fecha 14, fue el gran día del debut. Sobraba expectativa. Crítica, el medio gráfico más popular del momento (llegó a vender un millón de ejemplares por día), le metió fichas a la novedad Bohemia, aunque tuvo reparos de entrada. En la previa, se preguntaba si se trataba de “Atlanta o la Liga de las Naciones”. Y agregaba: “Vamos de sorpresa en sorpresa. Ahora se descuelgan con una barra de paraguayos que vienen con la intención de bajarle el copete a River. El tiempo dirá si luego cambiarán a los guaraníes por brasileños o africanos del Congo…”.
Los del Arroyo Maldonado -como solían decirle en aquella época- venían de siete derrotas al hilo y el Millo con un contundente 3-0 ante 45.000 personas le asestó la octava en Boedo, su casa prestada. Esa tarde se presentaron nueve jugadores “en el eleven traídos expresamente de las regiones de la yerba y las naranjas”. Así y todo, a pesar de una nueva caída, Crítica se mostró entusiasmado en el post. “Los paraguayos de Atlanta impresionaron bien”, titularon. “Se supone que mejor entrenados pueden dar resultado”, avizoraron equivocadamente. Nunca le pudieron encontrar la vuelta a la cosa: Atlanta terminó último, en la 18° posición sobre 18 equipos, con 82 goles en contra…
Cuando el tereré se acaba…
El amor duró lo que dura una ronda de tereré, lo que dura un chipacito caliente. Con el pasar de los partidos -y de los flojos rendimientos-, la prensa se dio vuelta. “La CD del Club Atlanta tiene una visión del negocio formidable. Cada vez que debe enfrentar a un equipo de calidad apela a los refuerzos ‘fenómenos’, y cuando salen a la palestra son unos vulgares paperos. Estos ‘importados’ son un ‘bluff’ -americanizando la clasificación- y quedará confirmado que no pueden competir en Primera profesional porque no tienen condiciones”, masacró el diario Ultima Hora.
“El furor por los paraguayos se fue apagando. Algunos cambiaron de club, otros volvieron a su tierra a jugarse su destino. Quienes tenían condiciones reales hicieron carrera en nuestro país, como Tranquilino Garcete, Porfirio Sosa Largo y Aurelio Munt”, resumió Aira. Hubo para todos los gustos…
El half Garcete llegó con 21 años desde el club Presidente Hayes, jugó el Mundial del 30 para Paraguay, sumó 51 partidos en Atlanta y en los ’60 llegó a ser vocal de la CD del Bohemio; Sosa Largo, wing izquierdo, llegó desde Libertad, metió 11 goles y supo pasar por Argentinos y Racing; Munt vestía la camiseta de Atlético Posadas, en Villa Crespo ganó popularidad y fue transferido a Boca, pasó por Estudiantes de La Plata y los últimos días de su vida, a comienzos de los ’90, los pasó alentando ya en un remozado y cementado estadio León Kolbowski, lejos de aquel Cajoncito de tablón.
Varios apellidos, como Accinelli, Alvarez, Bianchi (uno de los tantos falsos paraguayos), Hermosa, el mundialista Ortega y Ramírez, igualmente se repitieron en 1933 para acabar anteúltimos. Sin grandes novedades en el frente. Otros, como el arquero Benítez (vistió el buzo de la Albirroja en la Copa del Mundo 1930), Bogarín, David, Ojeda, Pereyra, Ramírez López y Venialgo, se perdieron por el camino.
Los tiempos han cambiado, claro. Pero al menos, este Atlanta 2026-27 tiene algo a favor más allá de la actualidad de los reglamentos. Chacarita, por ejemplo, no podrá reclamarle los puntos por el clásico perdido en San Martín este fin de semana por exceso de extranjeros. Nadie en realidad. ¿El motivo? Sencillo. Este plantel Bohemio de Cristian Pellerano es 100% industria nacional…
Fuente: www.ole.com.ar



